DAVID COOPER

“Si no dudamos nos convertimos en dudosos ante nuestros propios ojos y nuestra única opción es perder la visión y contemplarnos con los ojos de los demás, los cuales, atormentados por la misma irreconocible problemática, nos verán como personas seguras de si mismas y que dan seguridad a los demás. En realidad nos convertimos rn víctimas de un exceso de seguridad que deja a un lado la duda, y en consecuencia destruye la vida, sea cual fuere la forma en que la vivamos. La duda hiela y hace bullir al mismo tiempo la médula de nuestros huesos, los mueve como dados que nunca se arrojan, toca una secreta y violenta música de órgano entre las diferentes calibraciones de nuestras arterias, retumba ominosa y afectuosamente en nuestros tubos bronquiales, en la vejiga y en los intestinos. Es la contradicción de toda contracción espermática y es la invitación y el rechazo de cada fluctuación muscular vaginal. En otras palabras, la duda es real si podemos encontrar el camino de retorno hacia esa especie de realidad. Pero para ello para ello hay que eliminar los falsos caminos del atletismo y del yoga ritual; rituales que lo único que hacen es confirmar el complot familiar para externalizar la experiencia corporal a través de actos que pueden llevarse a cabo al margen de una relación auténtica y según un horario que evoca esa disciplina del retrete a que nos sometían en el segundo año de nuestra vida, o incluso antes, cuando , y que tiene como objetivo hacernos olvidar el equilibrio exacto entre la posibilidad de evacuar o retener una caca que sentimos claramente.” “Esta sensación de destrucción de la duda y de la experiencia de vivir el cuerpo propio tiene sus orígenes en la necesidad de agrupamiento humano que se desarrolla por primera vez en el seno de la familia. Una de las primeras lecciones que se aprenden durante el condicionamiento familiar es que no nos bastamos a nosotros mismos para existir en un mundo propio. Con todo detalle se nos enseña a renegar de nuestro propio ser y a vivir de modo aglutinativo de manera que cada uno toma para si pedazos de los demás y llega a ignorar las diferencias entre la alteridad en su propio yo y la mismidad de su yo propio. Esta es la alienación en el sentido de pasiva sumisión a la invasión de los otros, originariamente a los otros de la familia. Pero esta pasividad es engañosa porque encubre la elección de someterse a una invasión de ese tipo. Todas las metáforas de la “paranoia” son una protesta poética contra esa invasión. La poesía, que por supuesto varía en cuanto a calidad, es, sin embargo, menospreciada por la sociedad y, si se la pregona en voz demasiado alta, se la hace tratar por la psiquiatría – que es después de las instituciones educativas, el tercer escalón en la defensa familiar contra la autonomía de sus miembros-; quiero decir la psiquiatría junto con las escuelas especiales y las presiones y otras múltiples y más discretas situaciones de rechazo. Me parece a mí que la paranoia en nuestro tiempo en el primer mundo, al menos, es una necesaria tentativa de libertad y de integridad, el único problema estriba en ser lo bastante discreto como para eludir los extremos del asesinato social o la inducción gradual, más benigna y civilizada de respuestas socialmente aceptadas mediante el prolongado psicoanálisis de las propias “manías persecutorias”. El problema no es resolver las manías persecutorias sino emplearlas con lucidez para destruir una real, objetiva situación persecutoria en la que estamos atrapados desde antes de que se iniciara nuestra existencia.”

DAVID COOPER: “La muerte de la familia”, 1971.

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“El padre de la antipsiquiatría vivió en la Argentina”  Nota de Alejandro Vainer Clepios, una revista de residentes de Salud Mental Número 19, marzo 2000 rescatado en la Página de Topia.

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One Comment

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  1. No me extraña que haya vivido allá. Lo que tiene Argentum es que no hay reglas, y eso jode sólo a nivel económico.
    B&A

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