LA MUJER ARAÑA

Ella sentía una pequeña y molestia caricia, casi cosquillas. Su marido, ya había dejado de tenerla alerta así que…¿Que era lo que se deslizaba por sus velludas piernas? Todas las noches durante un mes y medio sufrió, casi placenteramente, esa pequeña y cariciosa molestia. Recién al segundo mes, Marga empezó a reparar en algunos cambios significativos, en algunas circunstancias que aparecieron en su rutinaria vida.

Por ejemplo en la desaparición, casi por completo, de los pelos de sus piernas. Uno.

En la sensación de crecimiento de esa ya no pequeña, pero si, molesta caricia. Dos.

Marga ya tenía sueños raros que recordaba con una frecuencia y veracidad inesperada. Tres.

(A quien contárselo sino a su psicólogo Osmar, que durante tantos años le suplicó que guardara un cuaderno debajo de la almohada para anotarlos.)

Esa pequeña, creciente y misteriosa caricia se iba asemejando al desplazamiento de una: araña.

Pero Marga no sentía miedo a lo que fuera, pero tampoco intentaba encontrarla con sus manos. Lo suyo era una danza nocturna entre las sábanas. Su marido algunas mañanas le reprochaba sus compulsivos movimientos en la cama.

Ellos, ya hacía once meses que no tenían sexo.

Marga recién se asustó cuando una noche tuvo un orgasmo, luego de una inacabable y frenética caricia en su pubis y al despertarse en el sobresalto, vio a su marido alejado y roncando. Y en esa mañana posterior al orgasmo descubrió al higienizarse en su bidet azul que su pubis estaba despoblado de pendejos. Ninguno.

Se levantó con la bombacha ragazzina en sus tobillos se miró al espejo. Ella era otra mujer. Marga sonrió y no tuvo miedo.

Espero esa noche, con ansias, irse a la cama. Su marido se juntaba con unos amigos a jugar poker, así que llegaría muy tarde.

Se acostó muy temprano y le costó: te de tilo, sahumerios, radio, libros…poder conciliar el sueño. Estaba nerviosa, Marga.

Ya ni le interesaba si su esposo jugaba o si se iba de copas con alguna mujer. Ella quería sentir esa misteriosa caricia, fuese lo que fuese.

Beto, que hacía tres años que se había casado con la dulce Marga, volvió muy borracho.

Vio el cuerpo desnudo de su mujer semi destapado así que se bajó los pantalones sin caerse y se tiró sobre ella.

Ella ni se enteró de su llegada. El se manoseó el pene fláccido intentando una penosa erección. Buscó en el cajón crema y un preservativo. Beto prendió un cigarrillo negro mientras intentaba colocarse el forro.

A los diez minutos, cuando casi se quema con el filtro su boca seca encaró hacia ese redondo y rosado culo y con sus dedos mojados intento penetrarla. Ella se despabiló un poco…cuando Beto logró el cometido.

Marga, a pesar de que siempre le había negado ese placer  a su marido, se dejó estar como en una nube tormentosa de arena y viento. Además sentía una increíble succión en su raja, toda húmeda. Era un mar un treinta y uno de Agosto y Beto le tomó por asalto sus tetas.

Marga temblaba tanto que Beto a pesar de haber eyaculado gozaba con su contoneo. Ella no sabía si dormía, soñaba o si esa pequeña y rara caricia la estaba recorriendo otra vez.

Beto intentaba poner su mano sobre la concha de Marga y sintió un dolor seco, inexplicablemente fuerte. Sintió un calor en su palma cuando un líquido viscoso la recorría. Pensó en el flujo vaginal pero al verse la mano ensangrentada pegó un grito de dolor. Aaagh!

Marga escuchó vociferar a Beto, pero mucho más el desplazamiento de  esa molesta y pequeña por su abdomen, sus senos, su cuello, su boca, su nariz…

Cuando giró en la cama hacia el lugar donde estaba él… eso se le había instalado en el ojo derecho y Beto mezclo el grito de dolor con el de espanto…

Marga tenía una araña en su rostro. Una asquerosa y peluda araña.

Marga lo miraba extenuada por un solo ojo y vio cuando Beto intentaba reventarle el mocasín izquierdo en su cara. Ella giró sobre si misma y su marido, bah el zapato de su marido dio contra su cabello y la almohada varias veces.

Ella se incorporó al costado de la cama y le grita: “Pará imbécil: ¿que te pasa?”

Beto, con su mano ensangrentando el zapato le replica: “Mirá boluda lo que tenés en la jeta!”

Ella veía por un solo ojo y tenía esa araña en su rostro, pero sentía una compulsiva sensación de placer. Su ojo latía como un corazón desbocado, como su vagina incendiada, como una araña.

El sintió una puntada en su mano. La sangre no se detenía. Se fue al baño. Se miró pálido frente al espejo y pensó en delirium tremen. Beto murió apoyado en el inodoro y su mano en la rejilla, afiebrado se desangró toda esa madrugada.

Marga se acostó a dormir tranquilamente, como si todo hubiese sido una pesadilla.

La araña brillaba negramente en su rostro blanco.

Acomodó su cabellera ensortijada en la almohada anaranjada, cuyas manchas habían desaparecido.

Contó hasta diez con los ojos cerrados. A algún lugar iba a ir en sus sueños.

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