LA CRITICA DE ARTE ¿PUEDE DESINTERESARSE DE LA PINTURA?

Alegria x RSA.

 

¿No será la pintura la más aburrida e incompleta de todas las artes? ¿No será que para llenar ese vacío, la mente humana recurre, frente a las cosas pintadas, a tantos medios no visuales, y entre ellos al principal, el que más prolifera a pesar de su total ineficacia: la crítica de arte?

Cuando un crítico habla de un artista o de un cuadro, no encuentra en la mayoría de los estudios que pretenden describir o caracterizar una obra, sino un reflejo de las teorías y del vocabulario estético más anodino de la época. Cada semana podía uno dedicarse a un jueguito que consiste en leer los artículos de los crítico sin haber ido alas exposiciones que se supone-comentan; y nos percatamos de que esos artículos podrían ser fácilmente intercambiables, sean cual fueran los artistas nombrados.

¿Cuáles son los ingredientes básicos que sirven para elaborar, obligatoriamente, un texto sobre cualquier pintor actual? ¿Cuales son los rasgos fundamentales del prefacio tipo?

En primer lugar la noción de espacio: desde el cubismo, se supone que cualquier pintor “destruye” el espacio, para después reinventarlo, recrearlo, reconquistarlo. Pero este generoso impulso creador no excluye la sobriedad: es un impulso hecho de fuerza contenida, de austera y dolorosa represión. Es construir con lentitud, con una exigente necesidad de renunciamiento, de humildad. La aventura interior de cada artista, a la cual accede, desde luego por el empuje de una necesidad devoradora, es al mismo tiempo, disciplina y método.

Después del espacio y con él, viene la estructura, palabra clave por excelencia: el pintor “reestructura” todo, y sus estructuras hacen coro con todas las demás, las de la materia, la vida, el espíritu, la música concreta…

Pero una inquietud profunda e incesante urge al artista, que se replantea el sentido del universo. En cualquier prefacio, es imposible olvidar que el pintor en cuestión aporta a la humanidad una nueva visión del mundo y traza un nuevo camino en el corazón del mismo Ser. En 1960, el único elogio que cabe a un pintor –para no disminuirlo o clasificarlo entre los decoradores mediocres o de segunda plana- afirmar que abre una nueva era en la evolución del cosmos. Para situarlo históricamente, hay que calcular períodos de diez mil años por lo menos.

Por último, algunas alusiones amenazadoras ponen en guardia al lector contra peligrosas confusiones, que en estos tiempos de perturbación de todos los valores, podrían conducir a comparar al artista presentado con algunos otros, fácilmente identificables, felizmente, gracias a una rápida exégesis externa y puramente biográfica.

Curiosamente se habla con frecuencia del contacto directo con el cuadro, o de experiencias plásticas puras; pero nunca pude comprobar que alguien fuera capaz de quedarse frente a un cuadro sin discurrir sobre él.

En cambio he notado, casi siempre, que las fuentes de toda disquisición sobre el arte residían en muchas partes menos en el cuadro en sí.

Pareciera que es imposible evadirse de esa retórica adicional que acompaña a la pintura; pero la retórica de nuestra época es la más compacta de todas y la más alejada de su objeto esencial. Es más: como un nuevo fenómeno, los pintores mismos alimentan -con abundante entusiasmo- esas cataratas verbales.

Entonces ¿para qué el arte abstracto eliminó todos los objetos extraños a la pintura pura, si luego habían de ser reemplazados por palabras?

Cuando leemos ciertos prefacios de catálogos nos preguntamos si es la presentación escrita la que sirve de introducción a los cuadros, o si no son más bien los cuadros los que sirven de prefacio al texto…Cabe una reflexión: si la pintura ha dejado de ser figurativa, ¿no será para abrir un nuevo capítulo en la historia de la elocuencia? Quizá no esté lejos el día en que no sea necesario exponer verdaderos cuadros en las galerías –cuadros portadores de firmar-, entonces la presentación escrita bastará para hacer una exposición. ¿Qué digo? ese día ya llegó. Hemos visto recientemente en una galería de París una exposición en que se presentaban superficies uniformemente coloreadas, y un pintor recibió un cheque en premio a “un trozo de conciencia”.

Si la crítica de arte hubiese elaborado un lenguaje realmente nuevo, un instrumento más apto para explicar y hacer comprender las obras, cabría felicitarse por ello. Pero en la mayoría de los casos se limita a recoger los restos de naufragio de todos los demás lenguajes: en primer lugar, irreconocibles vestigios de diversas balsas metafísicas, junto con una fraseología mal digerida, que pretende inspirarse en ciertas místicas o filosofías orientales –vulgarizadas con gran éxito en Occidente cuando ya han desaparecido en Oriente-  y por último, giros, expresiones o slogans tomados del lenguaje científico y que utilizados en forma vaga por su valor de sugestión literaria, tienden a suscitar un misterioso hechizo.

Si existiera una relación inteligible entre esos efectos de magia y el objeto pintado, se justificaría en cierta manera la actual efervescencia oratoria. Por otra parte, no deja de tener cierto encanto, cuando se apoya en un sentido del humor o del espectáculo. Pero desgraciadamente, en conjunto es tan pedante como confusa y desordenada, tan aterradoramente inconexa, sea que provenga del pintor mismo, sea que éste, poco dotado de recursos verbales, pida ayuda a un metafísico profesional, cuyo dictamen acepta en respetuoso silencio. Finalmente, esta nueva costumbre de referirse, para pintar, a todo lo que no es la pintura, culmina en actitudes absurdas, como la de ciertos creadores de gran talento que se disputan con los críticos que más debieran apreciarlos, porque hicieron el elogio del Vaticano, de la Razón o del Determinismo, con convicción o sin ella, por propia iniciativa o por interpósita persona.

Lo que hace más dificultosa la tarea del crítico es la actitud de los mismos pintores hacia él. En el siglo XIX, ciertos pintores toleraban a veces que, en caso hipotético, el talento o el genio se manifestase dentro de normas o estilos diferentes de los de ellos. En la actualidad el pintor casi no concibe que su pintura no sea la única capaz de gustar al público. Por eso sólo ve en el crítico un portavoz eventual consagrado con abnegación a la lucha total y espontánea a favor de su pintura. Para un artista, un artículo imparcial informado y penetrante es aquel que define la única pintura posible y verdadera en términos generales y teóricos, pero concebidos en forma tal, que al buscar ejemplos que convengan a esta definición, el artista termina por descubrir –procediendo por eliminaciones sucesivas- que, justamente, sólo se aplican a él. Si el texto contiene un solo nombre, un solo epíteto en disonancia con esta dirección única, es suficiente –a criterio del pintor- para desacreditar inmediatamente cualquier ensayo consagrado a él o al arte en general.

Bien es cierto que, a veces, esta adecuación de un pintor y de un crítico se realiza sin intolerancia en el primero ni servilismo en el segundo: por ejemplo entre Seurat y Fénéon. Pero esta coincidencia es poco común. Por eso una antología de la crítica a través de las épocas, me refiero a la única crítica valedera, la que toma partido rápidamente y por ende debe inventar una expresión original para imponerse y difundirse, esa antología, para todo el arte occidental, cabría en un centenar de páginas. Si la crítica se torna ilegible con tanta rapidez, es porque raramente está fundada sobre el discernimiento de las cualidades efectivamente presentes en la obra juzgada.En general se limita a acoplar a la obra una disquisición exterior a ella, por ejemplo: “la primera tentativa de Presencia Cósmica en el arte occidental”, disquisición cuyo nexo con la obra es contingente y no existe sino en función de la publicidad, por lo cual desaparece su sentido al cabo de pocos años. La verdadera crítica, la que no está ligada a la obra por un mero vínculo accidental, debe revelarla y hasta hacérnosla sentir sin que la hayamos visto.

También por la misma razón, no hay que confundir la historia del arte (que sí es posible), la estética –uno de los terrenos más difíciles de delimitar- y la filosofía del arte. La confusión de estas tres materias entre sí y con la crítica de arte, es actualmente uno de los más evidentes indicios de la impotencia de la crítica.

La estética es el bastardo de la historia del arte y de la crítica; la mezcla de una historia incompleta y de una crítica apresurada sirve de telón de fondo a un ensayo filosófico. Es más fácil edificar una filosofía del universo a propósito de un cuadro que hablar del cuadro en sí.

Por una parte pues, la pintura parece experimentar una necesidad incesante, más acentuada que nunca, de elocuencia profética y de malas teorías; por la otra, como las novedades son escasas, los proveedores de aludes verbales se ven impelidos a seguir dos caminos: salir completamente del terreno de la plástica, o repetir las mismas palabras o ambas cosas a la vez.

Desde principio de siglo, puede calcularse que existe tema para escribir cinco o seis artículos justificables, necesarios, nuevos, y que quizá nadie escribió jamás. Los restantes sólo han servido para diluir esos cinco o seis artículos posibles, añadiéndoles todo lo que se podía pedir prestado en materia de metáforas ala psicología de la forma, al budismo, ala física nuclear, etc.

La crítica de arte es la vez inevitable e imposible. A veces suele desinteresarse dela pintura. Sería deseable que de tanto en tanto, la pintura pudiera desinteresarse de ella.

 

Jean François RevelFrance-Observateur, 1961  CONTRACENSURAS Editorial Losada 1969

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2 Comments

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  1. Carolina Bagnato 12 junio, 2013 — 19:52

    Creo que como la pintura termina siendo la representación de la interpretación del que realiza la obra (más allá de todos los aprendizajes y velos para poder concretarla), proponiendo al espectador un cercamiento a los intereses y sentires del artista… bueno, es ahí cunado se hace “aburrida”. Porque… ¿a qíén hoy en día le interesa inmiscuirse verdaderamente con los sentimientos más profundos del otro? Lo que produce la contemplación de la obra pictórica es equivalente a saber escuchar, a disfrutar del silencio ¿y quién escucha y disfruta del silencio hoy? Cada pequeña imagen es una realidad recortada de los pensamientos y las construcciones abstractas de álguien. Es un individualismo que pide a gritos ser protagonista, ser amado y ser uno del montón que ocupa un lugar privilegiado… Todo eso representa la pintura y como es muy personal se sale de la masa superficial que hoy define casi todo. La pintura no grita, no se mueve espasmódicamente, no envejece orgánicamente… entonces, solo la puede “atacar” un crítica que grita, se mueve y envejece por ella.

  2. Nunca me gustó Revel y no me gusta casi nada de lo que dice aquí. Leo críticas de pintura y algunas son poesía, las disfruto, me dan algo más (a un costado) de lo que me da la contemplación de las obras (el centro). No tengo la más mínima intención de convencer a nadie, de que deberían gustarle. Sólo manifiesto mi opinión. Saludos.

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